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Esther Pineda G
estherpinedag@gmail.com

Aquello que nos diferencia de otras especies de seres vivientes, aquello que constituye nuestra condición humana es la capacidad de razonar, <>, como condición que permite la comprensión del mundo externo, de la realidad experimentada, de la situación propia en un determinado tiempo-espacio, con lo cual se hace posible la consolidación de individuos autárquicos por medio de la capacidad de acción y decisión.

Sin embargo, históricamente a las mujeres les ha sido negada la posibilidad de hacer ese “uso público de la razón propia” promovido por Immanuel Kant (1784) y de la libertad de acción y decisión a esta asociada; una muestra de ello serán los aún persistentes condicionamientos, restricciones y sanciones impuestas al cuerpo de las mujeres, manifiesta fundamentalmente en el ejercicio de su sexualidad y las decisiones en torno a su reproducción.

A lo largo del proceso histórico social, la razón y la toma de decisiones se han definido como hechos propios de la masculinidad, y por descarte necesario, en una sociedad organizada a partir de criterios de antagonía y diferenciación, la irracionalidad, el prejuicio, la subjetividad y el dogmatismo se han erigido como “ser” y “deber ser” de la feminidad, siempre interceptada por el misticismo y la superstición.

La razón, la desconfianza en el mito, el pensamiento, la capacidad de discernimiento, indagación, abstracción, percepción, objetividad y escepticismo ha sido arbitrariamente atribuida a los hombres, definidos como hacedores de cultura, ideas, palabras y conceptos, escaladores hermenéuticos, viajeros en la abstracción, pero además, decisores por excelencia de los grandes fenómenos que constituyen e influyen en la vida de todo el colectivo social; y donde, por oposición el escenario adjudicado a las mujeres será la fe, la renuncia al pensamiento, la creencia y aceptación sin cuestionamiento de las decisiones por esos hombres tomadas, -incluso aquellas que conciernen a su vida y su cuerpo-, hecho por el cual, de acuerdo al pensamiento patriarcal, el lugar de las mujeres, en definitiva, ha de ser la intrascendencia.

No obstante, esta proclamada incapacidad de la mujer para percibir la realidad exterior, de comprensión de los fenómenos, de realización de todo objeto de conciencia: pensar, dudar, querer, imaginar (Descartes, 1642), y por tanto, decidir, será legitimada por la negación socio-cultural del uso público de la razón en la mujer, mediante la puesta en práctica de un poder coactivo sobre su derecho a decidir, pues, el pensamiento y la acción de las mujeres, se concibe como una agresión a la masculinidad hegemónica, como un intento de acceder al conocimiento y escenarios de acción y decisión, proveedores de status y privilegios arbitrariamente monopolizado por el patriarcado.

Este poder coactivo, condenador de la mujer al <> y a la <>, se ejercerá a través de los distintos agentes socializadores, pero principalmente a través de la religión y su educación acusmática, oyente, represiva, castradora, superficial, en donde el “mathesis”, aprender, se organiza en torno al silencio, a la comprensión sin pensamiento, profundización o problematización, como hechos precedentes a la toma de decisión.

De esta forma, y siguiendo el adagio cartesiano “pienso, luego existo”, el <> y por tanto la <> será una afirmación de inexistencia. Por ello, desde la perspectiva patriarcal, la mujer no existe, en cuanto no piensa y no decide sobre su vida, su cuerpo y su reproducción; por tanto, su existencia es un otorgamiento externo de quien piensa y decide por ella.

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