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Esther Pineda G

Socióloga, Magister en estudios de la mujer

estherpinedag@gmail.com

 

En las diversas formas organizativas que han asumido las sociedades a lo largo del proceso histórico social, la sexualidad siempre ha sido pública, pues la experiencia de la sexualidad privada siempre ha sido intervenida, regulada, normativizada e incluso sancionada desde el exterior. El Estado, la ley y los distintos agentes socializadores del complejo societal, han conspirado en el proceso de regulación de esa sexualidad aparentemente privada.

Este hecho permitió la profundización de la represión sexual en general, haciendo énfasis en la sexualidad femenina, la cual sería adecuada y redirigida hacia escenarios y fines específicos, principalmente aquellos de carácter económico, en una sociedad de tipo capitalista. Por ello, desde esta perspectiva, el carácter privado de la sexualidad se estructura como ficción, el sistema social claramente tendrá una expectativa específica, además unidireccional de la sexualidad de los individuos, más aún de las mujeres.

Se asume que la heterosexualidad es la preferencia sexual de la mayoría de las mujeres, y se prescribe y define una sexualidad “buena”, “normal” y “natural”; heterosexual, monogámica, genitalizada, coital, reproductiva, en pareja, dual. Cualquier expresión de la sexualidad ajena a ésta previamente definida, es decir: homosexual, sin matrimonio, promiscua, no procreadora, esporádica, entre otras, es “malo, “anormal” o “antinatural”, y será rechazada, excluida, silenciada, invisibilizada y rigurosamente sancionada.

Han sido entonces construidas dos sexualidades paralelas, una sexualidad para la reproducción, económica, bélica y políticamente funcional, socialmente aceptada, pero además principalmente promovida, sexualidad reprimida, excluyente y sancionatoria de la cual surgiría una sexualidad para el placer, no reproductiva, no siempre dual, en oportunidades grupal o poligámica, como también en oportunidades homosexual. De esta forma la sexualidad para el placer al ser abiertamente opuesta a la sexualidad permitida aceptada y promovida, dará paso a la construcción de una sexualidad ilícita.

Así, en un sistema social en el cual la burguesía emergente consolidó un orden económico basado en la capacidad de explotación del ser humano como mano de obra para el aparato industrial desarrollado, pero también para la guerra; se hizo necesaria una reproducción bélica y económicamente productiva, es decir heterosexual, capaz de proveer al sistema de más y mayor mano de obra a explotar. Será por esta razón que el autoerotismo y la homosexualidad se presentan como sexualidad improductiva, no rentable, no adecuada al sistema de explotación burgués.

Por esta razón. Todas aquellas prácticas sexuales y formas de ejercer la sexualidad autónoma y divergente de la expectativa social,  amenazan el sistema, lo debilitan, por ello se hizo necesario prohibirlas, evitarlas, e inclusive sancionarlas. No obstante, esta sexualidad arbitrariamente considerada como ilícita, furtiva e inestable, en consecuencia estigmatizada y sancionada moral y jurídicamente, habrá de generar reacciones particulares en los individuos poseedores del estigma por sus prácticas y preferencias; reacciones que habrán de materializarse, expresarse, reproducirse y transmitirse en formas, contextos y aparatos específicos.  

Es decir, producto de la patologización de la conducta sexual, la mujer pone en práctica una sexualidad “ilícita” en realidades alternativas, como la fantasía, el sadomasoquismo, el vouyerismo, el club nocturno, y la pornografía, pues la pornografía puede suponer a su vez una alternativa significante y significadora de la sexualidad; como escenario de idealización y realización de la sexualidad deseada, reprimida, sancionada y estigmatizada en el complejo societal heteronormado, que ha definido los espacios por excelencia para la realización del placer, la sexualidad y la reproducción, la cual hegemonizó la sexualidad física y genital, anulando o excluyendo otras formas para el ejercicio de la sexualidad.

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