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Socióloga Esther Pineda G

estherpinedag@gmail.com

 

Todos los seres humanos aman, han amado, han sido o son amados en algún momento de su vida; el amor se encuentra lleno de encuentros y desencuentros, de éxitos y fracasos, de atrevimientos y de miedos, de amores y desamores, sin embargo, nuestra sociedad ha configurado arbitrariamente los diferentes ámbitos de nuestra realidad, siendo la dimensión de los afectos y la emotividad uno de ellos, es decir, el amor ha sido predeterminado y con ello, sus formas de expresarlo, sentirlo y materializarlo.

 

El amor como se plantea, ha sido socializado y transmitido, supone relaciones de poder, pues ha sido introducido desde afuera para regular y controlar el funcionamiento interno de las llamadas relaciones interpersonales.

 

En este contexto, las diferencias de género arbitrariamente atribuidas a las personas en nuestras sociedades sin duda alguna han afectado y condicionado en el pasado pero también en el presente el curso y desarrollo de sus afectos y prácticas amatorias.

 

Sin duda alguna, el amor es promovido de forma disímil en hombres y mujeres, para ellas, la renuncia, la devoción, la obligatoriedad de ceder posiciones de poder como premisa máxima, así como, la adaptabilidad a lo definido y establecido por otro ser humano, siempre varón.

 

La adaptabilidad de la mujer a los criterios amatorios del hombre la harán digna y merecedora de amor, por el contrario, la crítica, rechazo y renuencia de adaptabilidad a las exigencias amatorias de ese hombre, tendrá como consecuencia la renuncia de consideración de esta mujer inadaptable como objeto amoroso.

 

Estos criterios amatorios, se encontrarán entonces siempre sujetos a una expectativa de feminidad. El amor representado en el imaginario colectivo como incondicional, es por el contrario condicionado, al efectivo y eficiente apego de la mujer a la expectativa social y por tanto masculina al haber sido la expectativa que de ella se tiene, definida por los hombres en un sistema androcéntrico.

 

El amor romántico de nuestras sociedades occidentales es un amor organizado en torno a la superficialidad del sujeto, de lo exigido, construido, esperado, obviando lo que el sujeto es, ha sido, o desea ser. El hombre no ama a la mujer, ama en ella aquellas cosas que él desea en una mujer, en una sociedad que le ha dicho que características y requisitos debe cumplir una mujer para ser amada.

 

La ternura, la candidez, la delicadeza, la pasividad, la ingenuidad, la ignorancia, la ausencia de perspicacia, la timidez, la inseguridad, la debilidad, la dependencia, entre otras, son aquellas características que históricamente se ha dicho debe poseer una mujer para ser considerada y valorada socialmente como tal, una mujer que cumpla con dicha tipificación merece ser amada, pues se adecua a los parámetros establecidos e incuestionablemente introducidos por la masculinidad sobre el destino de la feminidad.

 

La actividad, autodeterminación, la seguridad, independencia en la mujer serán entendidas como conductas y prácticas “contra amatorias”, toda conducta divergente, cuestionadora de esta feminidad dirigida, será asumida como una desviación de la expectativa social y por tanto del criterio amatorio.

 

Pero, las mujeres no siempre desearán cumplir y apegarse a una expectativa de feminidad, pero si quieren amar y ser amadas pues se les ha dicho que el amor romántico es parte necesaria e imprescindible de la vida, por lo cual para ser amadas, se encuentran sin opciones, su única posibilidad es la adaptabilidad exigida.

 

Es así como, el amor es una ideología, a través de la cual se concreta el dominio y sujeción de la mujer, por lo cual, la emancipación de la mujer se presenta como opuesta y antagónica al amor, amor negado a la mujer emancipada.

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