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OPINIÓN ESTHER PINEDA G.

Tradicionalmente cuando se aborda la temática de la violencia contra la mujer, con frecuencia la atención es concedida de manera predominante a la violencia física, verbal y psicológica, fundamentalmente ejercida por el hombre. También resaltan las otras 16 formas de violencia tipificadas en la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Entre estas la violencia sexual, laboral, institucional y otros delitos cometidos contra la mujer, representaron el 12% de las solicitudes ingresadas en el Ministerio Público durante el año 2011.

No obstante, nuestras sociedades contemporáneas experimentan una sociopatía, es decir, una enfermedad social, pues la violencia se ha complejizado, diversificado, masificando e institucionalizado progresivamente. Las mujeres son víctimas de una forma de violencia poco atendida y no tipificada en la normativa jurídica de los países de la región latinoamericana y caribeña, que ha alcanzado grandes proporciones y ha cobrado la vida de una multiplicidad de ellas.

Esa referida agresión es la violencia estética, la cual es de orden psicológico pero que tiene efecto en el aspecto físico de las mujeres, es decir, impacta su subjetividad y también sus cuerpos, pues en nuestra forma de organización social. La belleza se ha establecido como elemento constitutivo de la identidad y valoración femenina, lo cual además posibilita que la sobre valoración estética del cuerpo y los estereotipos de belleza se consoliden como agresión y promoción de futuras y diversas formas de violencia.

La violencia estética se inicia con el proceso de definición de manera arbitraria de modelos y patrones de belleza mediante el imperialismo cultural, donde el principio eurocéntrico monopolizó “lo bello” y lo estético como condición natural de Europa. A partir de ahí fue introducido en el imaginario colectivo que toda forma fisionómica, fenotípica y corporal distinta a la europea es anti-estética, siéndole atribuidas características grotescas, discordantes y no armoniosas.

Además, la violencia estética se materializa en la promoción por parte de los medios de comunicación y difusión masiva, a través de su programación, así como en la industria de la moda, del cine, la música y el mercado cosmético de unos cuerpos femeninos “perfectos”. Se trata de cuerpos ficticios, irreales, fabricados a través de múltiples cirugías y modificaciones corporales invasivas, que se han incrementado en un 80% durante los últimos 20 años.

En este contexto, Venezuela ocupa el lugar número 17 de los 25 países con mas cirugías estéticas del mundo, según una investigación realizada por la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica. Entre estas destaca la liposucción realizándose 35 mil 562 procedimientos en el país durante el año 2010 seguido de los implantes de seno, de los cuales se realizan aproximadamente 30 mil al año a pesar de los riesgos asociados a este tipo de intervenciones.

En el mercado capitalista cuando de ganancias se trata los riesgos son ignorados. En dicho mercado los cuerpos ficticios son concebidos como ideales, como un deber ser, un patrón a seguir, y donde las particularidades físicas de las mujeres son denominadas “imperfecciones”, que de acuerdo a los criterios de belleza reproducidos y transmitidos, necesariamente han de ser intervenidas y suprimidas, o en el menor de los casos corregidas.

La violencia estética también se hace manifiesta cuando los hombres desvalorizan la naturalidad del cuerpo femenino, y asumen como criterio de valoración de belleza femenina el canon impuesto por el sistema. Es violencia estética cuando los hombres, esposos, padres, compañeros, novios, hermanos y amigos, promueven en las mujeres que forman parte sus vidas, la transformación de sus cuerpos para lucir más atractivas. El hombre al enfrentarse a la realidad se siente defraudado y reclama a la sociedad esa muñeca de perfectos rasgos y medidas exactas que le ha sido prometida por el mercado capitalista, manifestando su frustración en la frecuente descalificación, humillación y critica hacia la imagen y apariencia física de la mujer por no lucir como es promovida por los medios. Por ello un alto porcentaje de mujeres que se someten a procedimientos estéticos lo hacen por la solicitud de algún hombre, con el cual mantiene una relación sexo-afectiva.

El mercado de la salud también ejerce violencia estética, a través de médicas y médicos inescrupulosos que perciben a las mujeres como objetos, clientes y negocio. Es violencia estética cuando los profesionales de la salud realizan procedimientos en condiciones inadecuadas, introducen en los cuerpos de las mujeres sustancias como los biopolímeros, pese a la prohibición de la administración de dicha sustancia desde el año 2011 por parte del Ministerio del Poder Popular para la Salud, por su alta peligrosidad. Sin embargo, se estima que en el país alrededor de 30 a 40 mil mujeres venezolanas se han inyectado biopolímeros.

También nos encontramos frente a casos de violencia estética cuando las mujeres no son informadas detalladamente, por sus médicas y médicos, asesoradas y advertidas acerca de los riesgos asociados a la realización de procedimientos quirúrgicos o ambulatorios dirigidos a modificar su imagen. Es violencia estética la implementación de instrumentos inadecuados, utilizar materiales vencidos, así como la reutilización de implantes para abaratar los costos e incrementar sus ganancias a costa de la integridad física de las mujeres. Ante esta situación el Ministerio del Poder Popular para la Salud ha realizado más de 5 mil inspecciones a establecimientos donde se practican este tipo de procedimientos y ha cerrado aproximadamente 200 por las irregularidades presentadas.

A pesar de esta situación, no podemos obviar la responsabilidad de la mujer en este hecho. Hacerlo supondría la reproducción del esquema interpretativo patriarcal, en el cual la mujer se considera y define como ser pasivo, desprovista de autonomía e independencia. Por esta razón, fundamentalmente es violencia estética aquella que ejercen las mujeres contra sí mismas, al evaluarse y valorarse a partir de los criterios impuestos por un mercado capitalista que ha cosificado, mercantilizado y comercializado sus cuerpos. Es violencia estética la que cometen las mujeres contra sí al someterse a cirugías invasivas, restricciones alimentarías, procedimientos agresores de su integridad y su naturaleza, así como a todo el conjunto de elementos constitutivos de la tiranía de la belleza, como medio de adecuación a la expectativa social estética y estereotípica de la sociedad. Es violencia estética la que ejercen las mujeres contra sí mismas al borrar su identidad, sus particularidades y someter sus cuerpos al molde impuesto de la belleza. Es violencia estética el renunciar a quienes son, al invisibilizar su historia escrita en sus cuerpos, en sus kilos, en sus marcas, la violencia de borrar su unicidad.

Este tipo de violencia generalmente pasa desapercibida dado que la violencia contra la mujer se encuentra naturalizada. Aunado a ello, está el hecho de que las mujeres asumen esta forma de violencia como ajena, como algo que no puede afectarles directamente. Este es uno de los múltiples elementos que ha dificultado la intervención social con propósitos de revertir la situación de violencia estética.

 

La autora es socióloga.

estherpinedag@gmail.com

 

Fuente: http://www.ciudadccs.info/?p=359955

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