Socióloga Esther Pineda G.

estherpinedag@gmail.com

 

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Los excesivos gastos de carácter militar, generados por la invasión, penetración y apropiación de territorios ajenos y desconocidos, con fines económicamente expoliatorios y políticamente expansionistas, llevarían vertiginosamente a muchos de los imperios emergentes a la crisis de orden económico, y que sería seguida por la amenaza de decadencia del orden político, cultural y social previamente establecido.

 

Esta situación de inestabilidad y vicisitud económica aceleraría los intereses expansionistas de los ahora imperios en riesgo y en proceso de decadencia, lo cual llevaría a la búsqueda de nuevos espacios y territorios a los cuales expropiar sus recursos para garantizar el mantenimiento de su condición de clase como esclavizadores, es decir de clase ociosa.

 

Fue entonces la crisis y los intereses económicos (de los para aquel entonces imperios monárquicos), lo que motivaría la exploración de nuevas rutas ultramarinas y la violenta penetración europea en América en búsqueda de inagotables tesoros prometidos a través de mitologemas transmitidos a través de la historia mediante el relato oral y escrito.

 

Así, desde el inicio, la llegada a territorio americano estuvo definida por intereses económicos, como también las posteriores relaciones implantadas por los invasores con respecto a los pueblos originarios.

 

En un modelo expansionista que se apropia y explota territorios autónomos y sus recursos, la diferencia económica fue el primer criterio para el genocidio europeo en América.

 

Al desembarcar en tierras americanas el principio valorativo para la consideración de la superioridad europea frente a los pueblos originarios fue de carácter tecnológico, es decir, el primer momento de encuentro entre los invasores y los pobladores naturales, se caracterizó por la comparación de las posesiones materiales, recursos y tecnologías europeas con las de los aborígenes; estos últimos al poseer instrumentos si bien eficientes, pero rudimentarios y naturales, facilitaría a los invasores el asumir la superioridad europea como universal, fundamentada en su avanzada tecnología y posibilidades de contabilización de sus vastas y diversas posesiones materiales.

 

Se hizo presente y manifiesta la desvalorización de lo aborigen, sus modos de producción, organización social, como así mismo la descalificación de sus manifestaciones culturales; se consideró que todo aquel no europeo era entonces un pueblo atrasado, incivilizado, salvaje, primitivo, al no haber explotado los recursos de sus tierras y convertirlos en riquezas tangibles que permitieran el dominio y sometimiento de otros.

Estas interpretaciones obviaron el hecho de que la organización socio-cultural de los pueblos originarios no se desprendía de una ausente o limitada capacidad práctica e intelectual para el desarrollo material y tecnológico, tampoco de su imposibilidad para alcanzar el progreso previamente obtenido por Europa; por el contrario, respondió a una cosmovisión específica del mundo, en donde se privilegiarían la naturaleza, la comunidad, el consumo para la vida, no para la explotación, y la búsqueda de la trascendencia espiritual del individuo.

 

No obstante, seguido a la consideración de los pueblos originarios como inferiores económica y culturalmente, sería añadido a ello la descalificación racial de dicho grupo social; como justificación para la realización de la violencia, la violación y el hurto, se diría que los pueblos originarios eran inferiores racialmente, basados en las diferencias fenotípicas y la pigmentación de la piel.

 

Así el hombre, blanco, heterosexual y poseedor de los recursos económicos se autoproclamó como amo y señor, definiendo a Europa como centro experiencial de esa tierra a ser “conquistada”, en donde todos aquellos distintos a él (económica, genérica y racialmente) además ajenos geográficamente a ese territorio, serían definidos como inferiores y habrían de convertirse en sus ciervos, ya fuese por su voluntad o en contra de ella.

 

Es posible entonces identificar aquí el surgimiento del racismo, como producto y extrapolación de un orden de relaciones económicas específicas; discriminación por razones de clase, cultura y raza que sería profundizada al encontrar resistencia a los intentos de dominación.

 

Sin duda, y contrario a como fuese transmitido y consolidado en la historia, los pueblos originarios ejercieron resistencia a la penetración y explotación de sus tierras y su gente a manos de los europeos, resistencia que frente al debilitamiento del pretendido dominio europeo exacerbaría la violencia, como mecanismo de control y dominación del otro, negado a sucumbir voluntariamente ante la explotación de sí mismo y la expropiación de sus recursos y tierras.

 

Esta resistencia ejercida por los pueblos originarios no solo promovería e institucionalizaría el uso de la fuerza, sino que además al no encontrar obediencia y supeditación a ese pretendido poder buscaría su colocación en otros sujetos “potencialmente explotables”, es decir, mano de obra para la explotación de estos nuevos recursos, productos y bienes de consumo.

 

Este hecho sentó las bases de lo que sería la movilización europea al continente africano, con nociones preconcebidas sobre la inferioridad: como producto y emanación directa de las diferencias de carácter económico, organizativo y fenotípico de los individuos.

 

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