ESCRITO POR ESTHER PINEDA

La violencia incubada en nuestras sociedades puede concebirse como una sociopatía que aqueja al cuerpo social de forma ahistórica y pancultural, es decir, ha estado presente a lo largo de las diferentes etapas del proceso histórico social, pero además manifiesto en la pluralidad de asentamientos sociales, culturas y sub culturas de las cuales tenemos conocimiento de su existencia. 

La violencia se ha naturalizado al punto de ser considerada por algunos como necesaria e imprescindible para el funcionamiento de lo social, instaurándose como pilar fundamental de nuestras sociedades, indistintamente de nuestra aceptación o rechazo, se ha instalado en nuestras vidas, evolucionando, complejizándose, diversificándose y masificándose, consecuencia de una creciente y progresiva institucionalización estructural de la violencia. 

Sin embargo, la violencia solo emerge en condiciones de desigualdad, por tanto cumplirá una función social, la cual se concreta en el control y  dominio de toda alteridad, “otro”, definido como distinto y en consecuencia, de acuerdo a la lógica organizativa de nuestra sociedad, como jerárquicamente inferior.

Sera por ello que  la violencia se consolida como un medio para un fin, el cual será la profundización de las relaciones de poder, mediante la minusvalización del sujeto violentado y su consideración como inferior, débil, inseguro, desprotegido. 

La violencia contra la mujer ha sido invisibilizada y naturalizada al punto de haber dejado de ser censurable, por el contrario, se erige como constitutiva del complejo societal; en el cual la mujer, será víctima de múltiples y repetidas formas de violencia, al haber sido definida como diferente, inferior al hombre y por tanto vulnerable. 
No obstante, ésta violencia habrá de manifestarse en dos niveles, como violencia directa, es decir, aquella constituida por agresiones de tipo físico y/o verbal pero además operando a través de la violencia cultural la cual se define como las justificaciones que permiten o, incluso, fomentan las distintas formas de violencia directa o estructural. 

Ésta violencia ejercida por el hombre, perpetrada contra la mujer se institucionaliza en la conciencia colectiva como conducta permisada, aceptada e inclusive promovida, puesto que la violencia en el varón ha sido definida como imperativo social por el complejo patriarcal.

Así, dicha legitimidad de la violencia vendrá dada por su materialización en el ejercicio de la masculinidad, imagen distorsionada y normativa de lo que son hombres y mujeres, se estimula la violencia, la cual generalmente se hará manifiesta en situaciones en la cual el sujeto masculino percibe toda conducta liberadora, emancipadora y autónoma de la mujer como castradora y desafiante, como “agresión a su virilidad”.

Las mujeres por el contrario, serán socializadas a partir de la aceptación pasiva y la confinación al círculo de la violencia, de esa violencia ejercida por otro, siempre varón, a la cual ella deberá responder con sumisión,  subordinación y renuncia, características previamente definidas como “propias” de la feminidad a partir de criterios biologicistas.

Como agravante de este hecho social, se hará manifiesta la comprensión errática de este fenómeno, entendido no como hecho estructural, violencia colectiva o pública, vinculada a las disposiciones y formas normativas-organizativas de nuestra sociedad, sino por el contrario como micro fenómenos aislados y repetidos circunscritos al ámbito privado de los individuos; es decir, como violencia privada o individual, a la cual generalmente le serán atribuidas como factores causales una condición de maldad intrínseca, herencia genética, o en el menor de los casos como consecuencia de marcadas desviaciones psicológicas y conductuales de individuos concretos.


Esther Pineda (autora del libro “Roles de género y sexismo” editado por Acercándonos Ediciones)
Para Acercándonos Revista.

Anuncios