Tradicionalmente cuando nos proponemos el estudio de la ética, indistintamente de nuestra corriente teórica y/o metodológica, obviamos la complejidad del tema, e incluso tendemos a pensar en la ética de una forma reductiva y simplista; atribuyéndole la forma estereotípica y sedimentada en la conciencia social, de la ética como todo aquel patrón discursivo y practica conductual que responde y se adecua efectiva y eficientemente al “bien”. “Todo arte y todo saber igual que todo lo que hacemos y elegimos, parece tender a algún bien, por esto se ha dicho con razón que el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”. (1) Aristóteles. “Ética a Nicómano”.

No obstante, no es azaroso que la ética, se haya planteado y erigido desde los inicios de la civilización como uno de los contenidos de mayor controversia, como a su vez de más ardua categorización y disertación hermenéutica. Somos participes y espectadores de ello al momento de trascender la superficialidad del concepto ético, nos vemos sumergidos en las aguas de la indeterminación, frente a la inviabilidad de separar a la ética de un marco interpretativo contextual, gracias a la estrecha relación de la ética con respecto a los procesos sociales tanto de carácter histórico como ideológico, de igual manera los grados de ilación de esta con la moral, la libertad, el libre arbitrio, la identidad, entre otros.

Ahora bien, ¿es adecuado hablar de ética? ¿Pensar en estos términos no reduce e invisibiliza la diversidad y pluridimensionalidad encontrada en cuanto a ética? ¿No seria más conveniente redefinir nuestras orientaciones hacia una noción pluralista de la existencia no de una “ética” sino de “éticas”?

Este hecho en respuesta al hallazgo de diversas modalidades éticas, de las cuales solo habrán de ser mencionadas aquí las de mayor relevancia para nuestros fines:

A) La ética como constructo teórico, de elaboración, verificación, y legitimación de principios y normas morales. Pero… ¿puede confiarse en la objetividad y cientificismo de una ciencia que responde al mantenimiento y legitimación de preceptos morales?

B) Ética social, o la ética como la puesta en práctica de criterios morales, es decir la legitimación de la moral a través de la acción y la satisfacción de la expectativa moral de la sociedad, cuya validez en cuanto a orden legitimo vendrá dado por la costumbre y la tradición.

C) La ética individual, la cual apela a la afirmación de la vida personal, rescatando la importancia de las convicciones individuales en el proceso de formación arquetípica de la ética, sin por ello dejar de reconocer los grados de influencia del sistema cultural. “Tal como me parece a mi cada cosa así es para mi, y así como te parece a ti asi es para ti”. (Sócrates)

¿En vista de ello podemos considerar la posibilidad de convergencia entre estos sistemas éticos pese a la diversidad e incompatibilidad de sistemas morales? ¿Hay alguna ética desprovista de moral? ¿Es la moral requisito indispensable para la formación ética? ¿Es una relación dialéctica, en la que la ética es moral en si misma, y la moral es indiscutiblemente ética?

Sin embargo, ¿Qué es la moral? ¿No ciertamente hemos internalizado en el saber colectivo a la moral como las reglas de conducta, como el recetario o instructivo para la vida en común? No solo ello, sino además ha sido entendida como el medio (o “areté” como lo llamasen los antiguos griegos) capaz de elevarnos a la virtud y a la búsqueda del bien colectivo. ¿No es la moral quien sentencia y valora a las personas, cosas, situaciones, acciones? ¿No es la moral quien provee de juicios valorativos lo bueno, lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo obligatorio, lo permitido, lo moral, lo inmoral, lo elogiable, y lo sancionable? ¿No es la ética social desde esta perspectiva el garante de la correspondencia entre la practica social y dichas normas conductuales?

¿Por qué se fundamenta la moral y por extrapolación la ética en criterios mítico religiosos del bien y del mal?
Así mismo, se nos presenta la ética social como una “ética de convicción” en el sentido weberiano, fundamentada en los principios de la religiosidad de la salvación, en la cual dichas convenciones son de carácter estereotípico, inquebrantable e incuestionable, es decir “que otorgan a las convenciones acogidas por ellas la consagración inviolable, por que la totalidad de los adeptos de dios esta interesada también en evitar la cólera divina, esto es el castigo por la trasgresión de la norma” “Siempre ha regido, como el orden del cosmo, y regirá siempre; solo puede ser interpretado, no cambiado; puede ocurrir, desde luego, que el mismo dios revele un nuevo precepto” (2) Max, Weber. “Economía y Sociedad”.

La moral y la ética se construyen, sedimentan, e institucionalizan de acuerdo a la lógica de alteridad categórica, a partir de premisas divergentes, antagónicas e irreconciliables, cuyo patrón por excelencia ha de ser la exaltación del bien y el mal; como a su vez la creación de polos de fijación, adhesión y rechazo. ¿Por qué lo ético se nutre de lo antagónico como concepción peyorativa? ¿Por qué no se constituye a partir del sentido presocrático de Heráclito en la cual el reconocimiento de la diversidad contrapuesta es alcanzada en una noción de armonía?

La moral, proveniente del latín “mores” cuyo significado hacia referencia a “costumbre”, y ética cuya génesis proviene del griego “ethos”, denotación que fuese equivalente a “carácter”; no se corresponde a nuestra concepción estereotípica de moral y ética mantenidas y promulgadas en nuestras sociedades. Como es posible evidenciar sus nociones clásicas están desprovistas de un juicio valorativo, y principios mítico-religiosos del bien y del mal, las cuales al apelar a la costumbre y al carácter tienen explicita una innegable dimensión contextual.
Siendo asi, el mantenimiento de una moral y una ética fuera y/o trascendiendo un contexto específico puede dar paso a un anacronismo, a una moral y ética ideológica, es decir una “moralina” moral superficial o falsa.

Es de acuerdo a esta lógica disyuntiva que se organiza la ética de los géneros en la sociedad, una ética garante y sentenciadora de la adecuación de roles, intereses, y conductas de los géneros, en base a una doble moral estatuida, la moral del femenino y la moral del masculino, y que será extrapolada a la dimensione ética.

¿Es entonces la ética universalista? ¿O por el contrario la ética responde a criterios sectaristas? ¿Es la ética un constructo de quién y para quién?
¿No ha sido el hombre quien ha impuesto los parámetros de lo ético? ¿Es azaroso que la ética prevaleciente tenga su origen en la sociedad capitalista patriarcal, en la cual la mujer ha permanecido relegada a las dimensiones domesticas y estéticas, como también reprimida, excluida, y anulada de la producción discursiva, ideológica, moral y ética? ¿Podemos afirmar entonces que la moral y la ética son doctrinas androcéntricas?

Hablar de una ética adjudicada a la feminidad y de otra ética correspondiente a la masculinidad necesariamente ha de categorizar a los individuos de acuerdo a su género y a las determinaciones biológicas fijas adscritas a ellos a lo largo del proceso de formación socio-cultural histórico. El concebir a un genero como “ético” necesariamente nos obliga a pensar en el otro genero como “antiético” “la masculinidad solo existe en contraste de la feminidad” (3) Robert, Connel. “La organización social de la Masculinidad” siendo uno “lo bueno” y el otro “lo malo”, en respuesta a esa lógica escolástica de la cual se nutre la moral y en consecuencia la ética.

Ahora bien, históricamente ha sido la mujer (como sexo) y la feminidad (como categoría conductual) consideradas inferior al hombre tanto intelectual, psicológica, moral, espiritual y físicamente, siendo justificada esta ultima apelando a la inferior fuerza física y muscular de la mujer con respecto al hombre, lo cual ha sido asociado con lo “débil” aquello tan juzgado y cuestionado por la religión, lo “débil”, aquello cuya posibilidad es de caer en la tentación, de flaquear la fe, el hombre lo “fuerte” lo inquebrantable como la fe, como también considerada inferior sexualmente por la llamada “carencia fálica”; sexualmente carente, incompleta, en conclusión lo “malo”, el hombre lo “completo”, lo bueno.
La mujer, como aquel ser de propiedades contaminantes, que en algunas religiones el carácter “sucio” de la mujer esta representado por el ciclo menstrual, el hombre “limpio”.

“Debido a su pasión por los hombres” (leyes de manu) el sexo para la mujer debe estar cargado de prohibición, inexistencia y mutismo, “debido a su naturaleza cruel” (leyes d manu) debe educársele pacifica, conciliatoria; por su naturaleza desleal, la ética femenina debe girar en torno a una dependencia invalidante, al sometimiento, a la enajenación. “el ideal de su carácter es absolutamente contrario al del hombre, se la enseña a no tener iniciativa, a no conducirse según su voluntad conciente, sino a someterse y ceder la voluntad del dueño” (…) es sobre esos principios sobre los que se constituye la ética femenina.

Dicha ética femenina, se presenta aquí como poder represivo, represivo de la maldad e inmoralidad intrínseca de la mujer, y la cual de ha conformar “una muralla protectora de las costumbres e instituciones del pasado” (4) J. Stuart, Mill. “La Esclavitud Femenina” represión justificada a partir del clivaje naturaleza/cultura, partiendo del hecho que las mujeres han sido identificadas o simbólicamente asociadas por su capacidad reproductiva, por su adjudicada ignorancia y primitivismo, con la naturaleza, en oposición a los hombres que se identificaron con la cultura. “toda cultura o bien la “cultura” genéricamente, esta empeñada en el proceso de generar y mantener sistemas de formas significativas (símbolos, artefactos, etc.) mediante los cuales la humanidad trasciende las condiciones de su existencia natural, las doblega a su propósito y las controla de acuerdo a su interés” “dado que el proyecto de la cultura es siempre subsumir y trascender las naturaleza, si se considera que las mujeres forman parte de esta, entonces la cultura encontrara “natural” subordinarlas” (5) Sherry B. Ortner. “Antropología y Feminismo”

Siendo entonces la naturaleza y en consecuencia la mujer aquello inhóspito, arcaico, peligroso, improductivo; la cultura y en consecuencia el hombre asociado a ella el progreso, lo moderno, lo seguro y satisfactorio; el hombre y la cultura lo superior, la naturaleza y la mujer lo inferior.

Sin embargo, es solo a través de la naturalización de esta moral y ética que se hace posible mantener a la mujer al margen, todo intento de modificación de las estructuras éticas y morales de la mujer, su proyecto de emancipación, ha de parecer “contra natura”, pues todo lo habitual parece natural. Es allí donde tiene su génesis el conflicto “la discordia, causada por las mujeres, que no tardan en oponerse a la corriente cultural, ejerciendo su influencia dilatoria y conservadora” “las mujeres representan los intereses de la familia y de la vida sexual, la obra cultural en cambio, se convierte cada vez más en tarea masculina. La mujer, viéndose asi relegada a segundo termino por las exigencias de la cultura, adopta frente a esta una actitud hostil” (6) Sigmund, Freud. “El malestar en la Cultura”. Adopta una conducta “antiética”. ¿Puede ser una ética, aquello montado sobre constructos ideológicos, excluyentes e imperativos? ¿Puede un apriorismo ser ético? ¿Es la ética atribuida al femenino realmente una “ética” o es una antiética? ¿No puede atribuirse de antiético la separación y segmentarización social de “éticas de género”?

Esta “ética del femenino” o moralina social, la cual se ha constituido de acuerdo a criterios religiosos y a la abstracción de micro fenómenos repetidos, debe aperturarse a modificar su modelo de legitimación de las relaciones de género, y de estos con la sociedad; desde los patrones morales y éticos aún vigentes, los cuales han generado en las mujeres una conciencia de inestabilidad, restituible solo con la igualación de los géneros con respecto a las dimensiones éticas y morales de la sociedad.

Esther Pineda G.

estherpinedag@gmail.com

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